El hecho de poder conocer a Marian, de tan sólo cuatro años, me tenía emocionada. Por mi trabajo, sé que cuando a un niño le avisan que su padrino irá a visitarle es motivo de celebración en toda la familia, por ello, cuando llegamos a la pequeña casita de adobe en la que viven la niña, de tan sólo cuatro años, y su madre, me acogieron como si fuese una amiga íntima de toda la vida.
Marian y su mamá vivían solas porque el padre tuvo que emigrar en busca de mejores oportunidades, su vida no es fácil, pero se tienen la una a la otra.
Mi experiencia como madrina
Marian sólo soltó mi mano cuando le entregué un álbum con pegatinas con el que no dejó de jugar. El cuaderno para colorear prefería utilizarlo en otro momento, “Mañana yo solita”, me repetía todo el rato. La niña sonreía todo el rato, por ello fue fácil descubrir que le faltaban varios dientes. Enseguida pensé que era a causa de la descalcificación que muchos niños sufren por la inadecuada nutrición.
Tras varias horas de juegos y conversaciones nos teníamos que marchar, había más comunidades que debíamos visitar, más personas a las que escuchar.
Creo que dejé un trocito de mi corazón en aquella casita de adobe. Cuando subí al coche recordé la pregunta que mucha gente te hace
¿por qué apadrinar un niño? Nunca, hasta ese momento había tenido una respuesta tan clara; apadrino a una niña porque sé que con ello ayudo a niños que, de otra manera, no tendrían ninguna oportunidad.