Aquí ya no se puede vivir

Marisol (2 años y medio) casi no puede hablar. "Ella no puede expresar como se siente. La niña no quiere alejarse de mí. Si voy a algún lado, me sigue, llorando. Antes, ella no era así”, dice Blanca Araceli, en la salida del hospital en  Gracias Lempira, Honduras, hasta a donde ha llegado para recibir atención médica para ella y su hija. 

“No estoy segura de lo que está pasando, tampoco el médico”, explica Blanca, con tono preocupado. Ya está por caer la noche aquí en ciudad Gracias y Blanca está ansiosa. El bus en el debían viajar ella, su hija Marisol y Jeremías su esposo hasta La Jagua, una aldea cafetalera del municipio de San Juan Intibucá, se ha ido. “Tengo problemas para dormir, no puedo cerrar los ojos, y si logro dormir un poco tengo pesadillas. Sueño que me persiguen unos hombres, personas malas me quieren quitar mi niña y nos golpean. Entonces me despierto gritando y asusto a mis niñas y a Jeremías”, cuenta, mientras se frota insistentemente sus manos y hace crujir sus dedos. 
 
Hasta el 12 de octubre de este año, Jeremías era empleado de un negocio de San Juan. Recorría a pie aldeas y caseríos, con utensilios de cocina que vendía al contado y al crédito por una pequeña comisión que le pagaba el dueño del negocio. Sin embargo, la compra básica familiar en Honduras se encarece cada día. “Aquí ya no se puede vivir”, se queja Blanca mientras añade que esa fue la razón por la que “decidimos irnos con la caravana de migrantes”. Adán, uno de los hermanos de Blanca, emprendió camino hace 3 años hacia Estados Unidos y desde entonces no saben nada de él. La muchacha cree que desapareció en el desierto. Blanca cree que la gente no sabe cuánto sufren las personas que viajan con la caravana, a pie, bajo el sol, la lluvia, el frio, con hambre, con sed. “Tuvimos que beber agua de los abrevaderos de las vacas”, recuerda. 

Su recorrido

Llegaron hasta Chiapas, junto a más de 3,000 personas  menores, mujeres y hombres, incluso personas mayores– huyendo de la violencia, la pobreza y de las violaciones a los derechos humanos en Honduras. “En Chiapas no nos fue bien. Ya no teníamos zapatos, nos golpearon los policías, nos echaron gases lacrimógenos, aguantamos hambre y frio. Nos decían que nos dejaban pasar si teníamos documentos (pasaportes), y nosotros no llevábamos… No teníamos esperanza y fue cuando decidimos regresar a Honduras”, cuanta Blanca.
 
Cuando llegaron a La Jagua se metieron a su casa, se tiraron a la cama y no se levantaron hasta cuatro días despues. Sus pies estaban inflamados, llagados y sentían que sus piernas no les pertenecían. Los dolores de estómago y de cabeza aún no han desaparecido. Blanca Araceli, todavía llora, se desvela, tiembla y no come. Jeremías está preocupado por su esposa e hijas. Aun así las deja solas y sale a buscar trabajo “de lo que me salga”. 
 
Los estudios de la Secretaria de Relaciones Exteriores de Honduras indican que solo 5 de cada 100 migrantes hondureños retornados han logrado un empleo en 2018. Cifras gubernamentales establecen que unos 40,000 hondureños salen del país por diversas causas, aunque medios de prensa triplican esa cantidad.